lunes, 30 de enero de 2012

Glee o una historia de amor en Siam. Asimilación o subversión. Reseña comparada de un capítulo de Glee: Prom Queen; y la película: Love in Siam.

por Oscar Aguirre Mandujano

El día de ayer vi una de las historias de amor que más me han conmovido: horas después, ya bien entrada la madrugada sigo sin saber bien qué contar sobre ella, cómo narrarla. La película se llama Love in Siam.

Horas más tarde veo un capítulo de la famosa serie Glee. El final es un final feliz. Los rumores, las peleas, el odio: todo queda subyugado a un desenlace lleno de globos, canciones de ABBA, y un muchacho gay que se ha reivindicado en una pista de baile como reina del prom escolar. Kurt, junto a Blaine, bailan la última pieza antes de que los demás se les unan en un último cuadro colectivo que cierra la escena con una sensación de triunfo y conquista: Es posible ser gay, pero más aún, es posible triunfar siendo uno mismo.

Los cuarenta y cinco minutos en los que el capítulo se desarrolla no dejan de ser divertidos, con canciones que la mayoría conocemos, con personajes demasiado cercanos al espectador: los estereotipos del fracasado (loser). El rechazado de pronto se integra en la narrativa del protagonista y lo toma por asalto, se convierte en el personaje principal; ese miedo de sabernos cercanos a ellos, de saber que podemos fracasar en cualquier momento, de que en algún momento no encajaremos en lo que la televisión (y la sociedad, a veces reducida a ésta) espera de nosotros; ese miedo, pues, se funde en ese breve episodio televisivo de invencibilidad, de poder, de subversión.

Pero no lo es. Dudoso, regreso el capítulo por unos minutos: veo la escena final una vez más y cambio de opinión. Kurt ha decidido pelear, ha decidido enfrentarse a los demás y convertirse en uno de ellos, se corona como la reina de la escuela. Pero al final es justo eso, la reina: la canción de fondo que baila con su príncipe azul –Blaine, el joven y apuesto gay que se ha convertido en su novio-, es “Dancing Queen” de ABBA. Sí, no son dos reyes. Son un príncipe, convertido en rey por ser el hombre perfecto, y un chico, que por ser homosexual, se ha convertido en reina. Los roles se repiten: Masculino/Femenino. Lo que a primera vista para demasiado innovador, no lo es. Kurt no está en un proceso de subversión, sino de asimilación, se está convirtiendo en la sombra forzada de una relación heterosexual, o mejor dicho, hetero-normada, regida por un mundo que se divide y estructura a la manera en la que una sociedad heterosexual decidió imaginarla.

Conjeturemos por un momento la realización extrema de esta imagen de liberación absoluta: un matrimonio gay, con hijos, una casa, perro y un carro. Uno de ellos actúa como la ama de casa, es amable, cariñoso, cuida del hogar mientras el otro provee. ¿Incomodidad? A mí me la genera. La lucha de liberación gay ha sido vencida, invertida en una batalla por la asimilación, por reproducir un modelo que la hetero-norma. El gay no es ya el símbolo de subversión y lucha, es ahora el símbolo de la reafirmación del sistema heterosexual que trasciende el género físico y puede aplicarse, de manera universal, a cualquier pareja. La pareja gay, así, se ha convertido en parte del sistema.

Viendo Glee –una serie divertida, sin duda, y la cual veo constantemente- me di cuenta qué quería contar de esa historia de amor en Siam. El amor narrado en la película tailandesa Love in Siam, es un amor menos político y por ello mismo no requiere el glamoroso final del triunfo sobre la sociedad: Dos niños se conocen en alguna escuela primaria de Tailandia. Uno de ellos ama la música, su abuela le ha enseñado que una canción puede convertirse en un mensaje compartido. Su nombre es Mew.

Mew conoce a Tong, un chico amable, tierno pero al mismo tiempo fuerte. Tong vive en una familia modelo: Madre, padre, una hermana y él. Mew y Tong rápidamente se hacen amigos. La conexión es fuerte, evidente. Pero quizá ellos están demasiado jovenes para notarla, son apenas unos niños y esa fe y ese amor que se profesan es solamente una amistad intensa que se asemeja a la fraternidad.

La hermana de Tong se pierde en la jungla y su familia, devastada, decide mudarse. Mew y Tong sufren una primera separación. Años después se encuentran. Los pormenores son innecesarios. Para conocer la narración sin que quede arruinada, se necesita ver la película y no leer una reseña. Pero baste decir, que como anuncia el título, una historia de amor se desarrolla.

Mew y Tong no se apresuran a declarar su amor, no se convierte en novios, no se consideran gays durante casi toda la película. La pregunta es más cercana y más sincera: ¿se aman?

La historia de amor entre Mew y Tong parece demasiado inocente, se antoja como una anécdota de descubrimiento y formación. Pero justamente por eso, carece de las definiciones que nos imponemos en el momento de amar, o de empezar a amar. No hay una lucha por ser aceptados, ni siquiera existe un intento. El mundo se cierra a pequeños momentos en que los dos personajes se identifican con miradas que casi recuerdan la infancia narrada al principio de la película. Las definiciones inician con las familias. Los adultos las incluyen (imponen), afectan a Mew y a Tong y los fuerzan a definirse: la historia no termina en el final feliz que todos esperábamos. Cientos de bloggeros en el Internet se quejan del final, confusos por ver un desenlace que no era el que esperaban.

Pero regresemos a Glee. ¿Necesitamos un final feliz? O mejor aún ¿Por qué centramos el valor de una historia, de un esfuerzo, en el final? La historia de Mew y Tong no es conmovedora por su final –aunque quizá también lo sea- sino por su desarrollo. Cada mirada, cada sonrisa, cada complicidad codificada en un mensaje, todo eso es un fin en sí mismo, un final feliz continuado por otro inicio y otro final. Las divisiones, las definiciones las imponemos nosotros.

La historia de Mew y Tong, lejos de perseguir una agenda política, una identidad gay, busca el amor. Y en ese momento se convierte en un historia subversiva. Las limitaciones impuestas por los nombres que adjudicamos a las relaciones, como gay, homosexual, heterosexual, no están presentes en el centro de la narración. No importan, y al no importar se ausentan. Esa ausencia es la subversión que cautiva en la historia de Mew y Tong. La reivindicación no está en la toma de un sistema con gritos de libertad, sino con la sutil subversión implícita en ignorar las supuestas necesidades de ese sistema. Mew y Tong no se definen; son, actúan.

Al final, ¿qué historia me conmueve más? Los brillos, los gritos, el alardear que hemos tomado al sistema, cada vez me parecen menos convincentes. El sistema nos ha tomado a nosotros. Buscando novios estables, relaciones de familia nuclear al estilo del “sueño americano”, un sueño de familia heterosexual que ya ni siquiera los heterosexuales creen. No, esa historia no me conmueve. La historia de dos jóvenes, preocupados por lo que viven, por ese amor presente y no por su final feliz, esa historia: la de subversión y no la de asimilación; esa, es la que me conmueve.

Para qué quiero un final feliz lleno de brillo, globos y escenas de ensueño. Quizá podamos empezar a cree en historias sin finales soñados, sin sonrisas ni brillos en un final esperado, historias que se centren en su intensidad presente, que no se limiten por el terror de terminar en una instante de tristeza y separación; construir historias de amor que poco busquen definirse y encajar, que se permitan un llanto final; como si fuesen una historia de amor en Siam.